Canberra fue siempre un proyecto a indeciso entre la ambición y la huída… Por miedo a molestar a Sydney o Melbourne, la localización de la capital de Australia rehuyó mayores aspiraciones territoriales como las que Brasilia afrontó poco más tarde. Pero su esquema cristalino era ambicioso y contenía una promesa de irradiación ilustrada
Fue bien, aunque lento, durante unos años, hasta que volvieron el miedo y el abandono… Canberra, como muchas otras ciudades, dejó su futuro en manos de ingenieros de tráfico de la Guerra Fría, capaces de convertir una moderna Babilonia en suburbios y autopistas
Su mezcla de ambición y banalidad es, sin embargo, lo que requiere una buena ciudad. Una capital necesita una mínima cantidad de deseos, un cierto gusto por lo simbólico. Pero su estructura cotidiana tenderá a la normalidad, a la banalidad. Quizá Canberra sólo necesita un poco más de sí misma, en diferentes proporciones
Podemos multiplicar el plan de Griffin original, añadiendo la ciudad a sí misma, organizando los suburbios con nuevos centros y transporte público, con calles de carácter más urbano entre ellas
En lugar de añadir un nuevo ‘Gobierno’ o ‘Centro Cívico’ sobre sí mismos, desplazaríamos y rotaríamos la nueva trama, evitando el zoning original y aportando mayor diversidad y calidad urbana
Aumentando la densidad en el interior de la ciudad Canberra puede parar el crecimiento suburbano, reduciendo el gasto en transporte y su huella de carbono global
Los núcleos serán mucho más densos y permitirán una mucho mayor variedad de usos. Pequeños cambios en el diseño de las calles y espacios públicos permitirán un mejor acceso multiespecie (personas, animales…) a los recursos naturales y urbanos