La normativa del solar obligaba a un volumen con patios mínimos a los que daban habitaciones vivideras. Optamos por suicidarnos en público (por primera vez) y llamar la atención con una propuesta que ponía la vida de los habitantes por encima del cumplimiento de las formas y normas absurdas.
La menor huella de nuestro edificio permitía instalciones deportivas y verde en un lugar en que éstas escaseaban. Era además un marcador, una señal, de la estación próxima de tren de cercanías.
Pretendía ser también el comienzo de un nuevo perfil orgulloso para una ciudad dormitorio como Leganés.
La nueva torre establecía una relación ambigua, entre cercana y orgullosa, con los vecinos y visitantes de da ciudad.